El “día del Caudillo”: la simbiosis de los  señores de la guerra y los señores de la tierra   Ángel Iglesias Ovejero

En la última semana del mes de septiembre y en la primera de octubre de 1936 amainaron un tanto las sacas carcelarias y domiciliarias en el entorno mirobrigense, pero todavía estaban lejos de desaparecer, como se prueba con la matanza de una quincena larga de  vecinos de Fuenteguinaldo y de otros pueblos en la noche del día 7 al 8 de este mes.  La razón de aquella tregua asesina quizá sería que por aquellas fechas los mandos rebeldes y sus principales valedores andarían muy ocupados en echar los fundamentos del Nuevo Estado, cuyo principal beneficiario sería el mismísimo Franco. Los escolares de hace más de medio siglo, que recibían aquel lavado de cerebro oficialmente titulado “Formación del Espíritu Nacional”, no pueden haberlo olvidado, pues era una de “las tres Marías” que acompañaban al joven estudiante desde el primer curso de secundaria hasta el último de carrera universitaria: “la Política, la Gimnasia y la Religión”. Dentro del calendario nacional-católico octubre comenzaba por “el Día del Caudillo”. Era mejor tenerlo bien presente, sobre todo si había docentes falangistas de por medio, como era habitual.  

En efecto, hoy se cumplen ochenta años del nombramiento de Franco como “Generalísimo”, “Jefe de Estado” y “Caudillo” (tres sobrenombres para tres facetas de una sola persona), gracias a su innegable astucia y a que sus teóricos adversarios en las aspiraciones al mando entre la cúpula rebelde desaparecieron o anduvieron algo tardos en las maniobras que, en apariencia, sus propios valedores le sirvieron en bandeja al futuro dictador. Obviamente, el pequeño gran hombre contribuyó a su propio engrandecimiento de manera sustancial con su habitual desparpajo. En cambio, recordaba G. Soria (1975), algunos teóricos aspirantes al mando supremo, miembros de la Junta de Defensa Nacional (JDN), entre ellos Mola, tuvieron que hacer de tripas corazón y dar por bueno aquel casi autonombramiento, propiciado por un golpe de mano estratégico llevado a cabo, además del principal interesado, por el general monárquico Kindelán y otros oficiales superiores afines, Orgaz, Yagüe, Millán Astray y Nicolás Franco, su hermanísimo. 

Las maniobras que precedieron a dicho nombramiento tuvieron lugar en Salamanca y su entorno entre el 21 y el 30 de septiembre. Son de sobra conocidas, aunque a los escolares de antaño no se les revelaran las intrigas que posibilitaron aquel meteórico encumbramiento. Propiamente los miembros de la JDN se reunieron en la finca de San Fernando, sita en el término de Matilla de los Caños, a unos 32 kilómetros a la izquierda de la carretera de Salamanca a Ciudad Rodrigo. Básicamente, el primer día se trataba de unificar el mando del ejército “nacional”, cuyo jefe sería “el Generalísimo”, quien el día 28 fue confirmado como tal y, por añadidura, “Jefe del Gobierno” durante la guerra. Esta limitación desapareció en el texto del decreto, a cargo de José Yanguas Messía (jurista del círculo salmantino que había estado exiliado), y Franco por su cuenta empezó a autodenominarse “Jefe de Estado” en la firma de documentos. Y el día 1º de octubre recibió esta investidura en Burgos, que fue acompañada de la disolución de la JDN, cuyos miembros recibieron por premio palabras elogiosas, y se creó la “Junta Técnica de Estado”.   

El nuevo Jefe de Estado enseguida empezó a promover su propaganda con el sobrenombre de Caudillo. En principio, se trata de uno de tantos términos derivados formales y semánticos del lat. caput y capitia ‘cabeza´ que, a través del rasgo de /eminencia/, por metáfora, se han habilitado para designar a quien ejerce el mando (cabocabeza y otros, incluido jefe, a través del fr. chef): caudillo, del diminutivo lat. capitellu ‘cabeza pequeña´. Es el equivalente perfecto de cabecilla, pero como al Generalísimo (título concedido a Manuel Godoy, aunque al parecer portado antes por don Juan de Austria como jefe de la Armada en Lepanto) no le quedaría tiempo para las disquisiciones histórico-semánticas, le debió de parecer que la auto-designación de Caudillo podría igualar o emular las del Füher alemán y del Duce italiano, cuya protección empezaba a experimentar. Por encima estaba la ayuda, si no divina, por lo menos de la jerarquía eclesiástica, mediante la carta pastoral del 30 de septiembre, enviada por Enrique Plá y Deniel, el obispo de Salamanca, titulada Las dos ciudades, en la que calificaba de Cruzada la sublevación contra la República. No se le puede negar que fue un acierto propagandístico, aunque algo esperpéntico y contradictorio, habida cuenta de que los soldados de Franco, precisamente al principio de la contienda, eran musulmanes en gran parte.  

No se ha tratado mucho del papel que tuviera en aquellas reuniones el presunto anfitrión, Antonio Pérez Tabernero, dueño de la finca de San Fernando. Allí se había instalado un campo de aviación con fines militares, al que tenían acceso la aviación alemana e italiana. A juzgar por lo que cuentan sus biógrafos, este señor presumía de sus dotes comerciales, de modo que es de suponer que el préstamo de este servicio en su finca, sobre el que no hay constancia que fuera obligado, no sería ruinoso para él. Aunque, bien mirado, el hospedaje gratuito de aquellos señores de la guerra ya era rentable para ellos, pues (como sugería Laureano “Roque” en Robleda) defendían “lo suyo”, exponiendo vidas ajenas de pobres soldados, que tal vez antes hubieran frecuentado la Casa del Pueblo. Era una refinada (y cruel) ofrenda por parte del “Caudillo” y los otros señores de la guerra, pues conseguían que antiguos aspirantes al reparto de los beneficios de la tierra se convirtieran en guerreros armados para eliminar a sus compañeros de clase social.  

También está por ver hasta dónde alcanza la casualidad de las analogías que se comprueban entre la prestación a los sublevados por parte de Antonio Pérez Tabernero y la de su homólogo Ventura Sánchez-Tabernero, en cuya finca de Pedro Llén (Las Veguillas) se instaló un centro de formación para falangistas a principios de 1937 (López-Delgado 2001: 274). Este personaje entre julio y agosto de 1936 había prestado otros servicios como delegado del gobierno civil militarista (croniquilla del 21 de julio). Y, sin que exista relación comprobada de causa a efecto, en la noche del 14 al 15 de agosto habían sido asesinadas nueve personas en el término de  Las Veguillas, siete de ellas en la finca de Pedro Llén y dos en el sitio de “Barrueca”. Una ejecución análoga, extrajudicial, afectó a ocho vecinos de Matilla de los Caños (entre ellos el alcalde republicano, Gerardo Pescador Pescador, hijo de Tomás Pescador Criado, vecino de El Bodón, “desaparecido” en la prisión de La Caridad hacia 1940-41). Sus cadáveres fueron abandonados en La Rad, agregado de Galindo y Perahuy, donde se registró su defunción el 7 de diciembre de 1936. Quizá este sacrificio colectivo tuviera relación con la confesión a un periodista (negada después) de Gonzalo de Aguilera, titular del condado de Alba de Yeltes y dueño del latifundio de Carrascal de Sanchiricones, ubicado también en el término de Matilla de los Caños. Según la versión de Preston (2011: 29), este terrateniente, al enterarse del Alzamiento, fusiló a seis braceros para que los demás escarmentaran (la cronología propuesta es incompatible con la de las actas de defunción). 

Personajes como Antonio Sánchez-Tabernero y Gonzalo de Aguilera eran señores de la tierra que dieron señales de desequilibrio mental, sin que esto fuera óbice para que los señores de la guerra los utilizaran en servicios de represión del Campo Charro. Al parecer, los grandes propietarios del entorno cercano de Ciudad Rodrigo fueron más discretos en sus prestaciones represivas. 

 

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