Croniquilla del verano y otoño sangriento de 1936.  La sospecha como sistema. Croniquilla y necrologio  de Fuentes de Oñoro Ángel Iglesias Ovejero

La adhesión de las fuerzas armadas a la sublevación en esta zona salmantina no fue tan unánime y precoz como se ha pintado. Algunos militares del Ejército se mostraron remolones para incorporarse al “Movimiento” (como el comandante Villaverde en Casillas de Flores), pero sobre todo los Carabineros dieron señales claras de no estar por la labor de oponerse al Gobierno de la República. En Ciudad Rodrigo, incluso el capitán Ibero, de triste memoria, en el primer momento colaboró con las autoridades municipales en el mantenimiento del orden. Pero los mandos militares rebeldes castigaron desde el principio la “pasividad” inicial, de tal manera que aquéllos que se habían mostrado remisos en la aplicación del terror, se convirtieron en peligrosos y eficaces represores, precisamente para mostrar que se habían adaptado al Nuevo Estado y ya no eran “pasivos”. Así sucedió con dicho Capitán en la Ciudad y el brigada Bernardo García en Robleda. Ahora bien, estos personajes y otros como ellos, no por traicionar sus propias convicciones, dejaron de ser sospechosos. Todo el mundo lo era, hasta el coronel del 21º tercio de la Guardia Civil, Ildefonso Blanco, a quien sorprendió la sublevación en Aldea del Obispo en ocupaciones nada patrióticas, fue acusado de pasividad por sus subordinados, como éstos lo fueron de izquierdismo e indisciplina por aquél. La sospecha se convirtió en garantía de obligada fidelidad al “Régimen”, como recordarán quienes alcanzaran a convivir con la sociedad policial de Franco, en la que nadie se podía fiar de nadie hasta en la conversación ordinaria.  

Quizá sea esta la razón que, de un modo paradójico, explique la casi inexistencia de represión sangrienta en Fuentes de Oñoro, donde los contrastes sociales eran muy marcados y la inquina de los derechistas, como el médico Ramón Domínguez, contra los izquierdistas se manifestaba en atribuir el liderazgo de éstos al policía Alfonso Navalón, en cuya cuenta ponían horribles proyectos sanguinarios (Iglesias 2016: 210). Pero los milicianos fascistas locales, que merodeaban por la comarca, no pudieron aplicar los remedios “preventivos” de las sacas contra los desafectos oñorenses. De hecho, el necrologio de esta localidad fronteriza se reduce a una sola víctima, que, además, estaba avecindada en Salamanca: 

 

Francisco Marcos Manchado, de 35 años, hijo de José y Ángela, vecino de Tejares (Salamanca). Falleció en una saca carcelaria el día 8 de septiembre de 1936 y fue enterrado en el cementerio de Salamanca (act. def. 09/09/36). 

 

En Fuentes de Oñoro había una abigarrada presencia de fuerzas armadas, encargadas del control de la Frontera y de la Aduana. Además de policías y agentes aduaneros, la plantilla de Carabineros rondaba la treintena de miembros, al mando de un brigada, sobre los cuales tenía autoridad el comandante militar de la plaza, un teniente. Para imponer el estado de guerra llegó un destacamento de la Guardia Civil, que se asentó allí durante el conflicto bélico, así como otro destacamento de soldados. Todos estos individuos estaban armados, pero no siempre bien avenidos. Los guardias civiles y los carabineros se llevaban como el perro y el gato, pues los últimos consideraban a aquéllos como intrusos y los primeros a los otros como sospechosos de desafección al Movimiento. Po otro lado, la gestión del tránsito por ferrocarril y carretera en Fuentes de Oñoro era una cuestión muy importante y delicada para los militares rebeldes. Tenían que controlar el contrabando, un mal endémico en la Raya. Los contrabandistas, sobre todo los que traficaban con el dinero en oro y plata, perjudicaban la economía de la “Nueva España” y podían prestar ayuda y servir de enlaces a los “desafectos” de este lado de la Frontera. Pero tampoco debían ponerse a mal con a las autoridades y agentes portugueses, que, si bien estaban implicados en las actividades fraudulentas  (como los agentes del lado español), facilitaban el regreso de los exiliados derechistas y la entrada de armas, sin contar los “servicios” que algunos oficiales lusos prestaban directamente a la “causa nacional”. 

En suma, los sublevados quizá no tuvieran demasiado interés en abrir la caja de los truenos, dando la venia para las ejecuciones extrajudiciales, sabiendo que no todas las fuerzas armadas locales las aprobarían. En cambio, la represión por la vía jurídica militar, si no cruenta, fue muy intensa. Los más afectados fueron los Carabineros (dos de ellos expulsados del Instituto), pero también fueron procesados el administrador y la matrona de la Aduana, así como algunos comerciantes. El total de vecinos represaliados se acerca al medio centenar: 

  • Víctimas mortales: 1  

  • Víctimas de represión carcelaria: 27 

  • Depurados: 20 (17 también presos, la mayoría carabineros)  

  • Sancionados o embargados: 13 (7 también presos o detenidos). 

 

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