Croniquilla del verano y otoño sangriento de 1936. Las víctimas “indirectas” de la represión en Robleda (1936-1948)

Los historiadores y sobre todo los responsables de los estragos causados por los conflictos bélicos, que en principio no son deseados pero tampoco evitados, han acuñado y abusado de una expresión eufemística: daños colaterales. Este tímido reconocimiento, que es también una cómoda manera de no considerar la guerra en sí como la causa de una cadena interminable de males, sino como un mal regido por un misterioso hado, alcanza a los daños inmediatos (muertes y destrozos materiales), que no van seguidos de una reparación por parte de quienes los producen. De todo lo demás se hace caso omiso: la orfandad, la viudedad, la pérdida de los hijos, la enfermedad, el desamparo, el desarraigo obligado no suelen entrar en estadística alguna. Es un hecho general que en la actualidad ofrece un ejemplo palpable con las ruinas y estragos de los conflictos de Oriente Medio. Nadie asume la responsabilidad, pero es evidente que incumbe en primer lugar a los señores de la guerra y  a quienes la fomentan. De igual modo en el caso de la represión franquista la responsabilidad de las pérdidas de vidas y otras calamidades humanas recae sobre todo en quienes proclamaron e iniciaron la guerra civil, los generales sublevados, Franco y sus secuaces.  

Así lo entiende Preston (2011: 17) cuando habla del  holocausto español: 200.000 hombres y mujeres asesinados lejos del frente, 300.000 muertos en los frentes de batalla, un número desconocido de hombres, mujeres y niños víctimas de bombardeos y éxodos, unos 20.000 ejecutados republicanos después de 1939 y otros muchos más que murieron de hambre y enfermedades en cárceles, campos de concentración y batallones de trabajo, medio millón de exiliados, entre los cuales varios miles sucumbieron en los campos de internamiento franceses y en los campos de exterminio nazis. Pero hay otras muchas víctimas ignoradas (por no ser reconocidas como tales) o desconocidas (por falta de datos y de interés por conocerlos). 

Los daños “indirectos” de la represión en Robleda, donde ha sido posible una verificación cercana, sirven de referencia. Los asesinatos de vecinos de Robleda  dejaron 40 huérfanos, entre ellos 5 hijos póstumos, 14 viudas (dos eliminados eran viudos) y varias personas enfermas. En un contexto de desamparo algunas de ellas fallecieron entre 1936 y 1948, como sucedió con otras igualmente afectadas por la represión en este territorio (Iglesias 2008a).  

 

16 de diciembre de 1936. Amable Cecilio González Villoria, de ocho días, hijo póstumo de Amable González, de enfermedad (RCR). 

22 de julio de 1937. Ángela Mateos Ovejero, de 4 meses, hija póstuma de José Mateos García. Murió de enfermedad y malnutrición, después de ser devuelta por la familia encargada de su lactancia (la esposa de un hermano de Aristóteles González, que tenía tres hijos), en la Casa Cuna de Ciudad Rodrigo. 

Fecha sin comprobar de 1937. Un Hijo de José Mateos Carballo, “de enfermedad de los bronquios”, en Valladolid, durante la guerra, sin otros datos (R 2011). 

Fecha sin comprobar de 1937. Juan Arturo García Sánchez, labrador, de trastornos psicológicos, en el manicomio de Salamanca. Al parecer, esta persona se vio afectada por las ejecuciones extrajudiciales de que eran responsables sus propios familiares, hasta el punto de pensar que él mismo podía ser una víctima elegida (R 2014). 

2 de febrero de 1938. Rafaela Mateos Hernández, de 18 años, hija de Fermín Mateos, solteraLa tradición familiar (R 2016) recuerda que era una de las personas encargadas de dejar escondida la comida y la ropa a su padre fugitivo. Después se sintió responsable de su hallazgo por los asesinos, un trauma psíquico que le impediría luchar contra la  septicemia de la que oficialmente murió 

21 de junio de 1938. Rafael Samaniego Toribio, de 50 años, casado, tejedor, cuñado de Ángel, Juan y Julián Ovejero y José Mateos García. Murió de edema pulmonar (RCR), pero de hecho, habiendo sufrido detención carcelaria en 1936 durante la persecución de sus cuñados, fue incapaz de superar  el mismo trauma psíquico que su esposa, a cuyo fallecimiento se adelantó en una docena de días. 

3 de julio de 1938. Juliana Ovejero Garcíade 43 años, casada, hermana de Ángel, Juan y Julián Ovejero y cuñada de José Mateos GarcíaMurió de bronconeumonía (RCR). Según su hermana Mª Antonia, fue incapaz de superar el miedo y el trauma psíquico provocado por la tragedia familiar. 

25 de marzo de 1939.  Pablo Samaniego Ovejero, de 13 años, sobrino de los cuatro mencionados ejecutados extrajudiciales. Falleció a consecuencia del mismo trauma psíquico que sus padres, aunque la causa oficial fuera una  nefritis (RCR). 

27 de abril de 1939. Pablo Marcos Mateos, de 24 años, hijo de Felipe y María, labrador, soltero. Anduvo huido en el verano de 1936, cerca del Plantío, quizá a causa de una escopeta que le hallaron escondida entre la paja. Después tuvo que incorporarse al ejército franquista y, al volver de permiso cuando ya se habían producido los asesinatos, tuvo discusiones con los falangistas, tachándolos de cobardes porque mataban a mansalva en la retaguardia. Al término de la guerra no volvió al pueblo, probablemente por temor, enfermedad y desamparo. Oficialmente murió de “miocarditis postgripal” en Palencia (Registro Civil).  

27 de marzo de 1940. Cirilo Gutiérrez Mateos, de 31 años, hijo de Eulo[gio] y Joaquina, jornalero, casado con María González García, padre de tres hijos. Falleció por disparos de Carabineros cuando practicaba un contrabando de subsistencia, en Casillas de Flores (RCCdF, 01/06/40). 

24 de marzo de 1943. Juliana Mateos Prieto, de 35 años, casada. Murió de tuberculosis (RCR), pero en la enfermedad incidieron las secuelas de la bárbara agresión de que fue objeto en su propia casa y estando su marido presente (siendo buscado) en 1936, por parte del jefe local, que, además, era primo suyo. Así lo señalan testimonios concordantes registrados desde 1973 (por personas adultas en 1936) hasta hoy (por personas menores entonces), aunque, obviamente, solamente los presuntos victimarios y las víctimas asistieron a los hechos. 

14 de agosto de 1945. Agapito Cabezas Calvo, jornalero, represor, por disparos de la Guardia Civil en el carbonar de “La Huerta de Morán”, Descargamaría (Dil.DM/45; Iglesias 2008a). Fue víctima de un mal entendido cuando dos guardias civiles del puesto y dos guardas municipales practicaban el “servicio de correrías” en el paraje de “Pasadera de las Cascajeras”, en el límite de la provincia de Salamanca, tenido por muy sospechoso, cuando observaron la presencia de ocho hombres (carboneros) que tomarían por maquis. En la tradición local se interpretó el hecho en clave de castigo divino, por la delación en 1936 contra el alcalde Fermín Mateos en un paraje cercano. 

 

En lo tocante a la represión directa, estaba tan bien rodada entre agosto y septiembre de1936, que las  efemérides del ochenta aniversario se acumulan por estas fechas. Por ello los necrologios de El Payo y de Fuentes de Oñoro, que no son de los más extensos y debían publicarse el día de hoy (7 de septiembre), se publicarán los próximos días 9 y 10. También se desplazan las croniquillas de Puerto Seguro y La Alberguería de Argañán (próximos días 12 y 13).Salto de página 

 

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