La motivación ideológica y pasional de la represión. Las víctimas de la 1ª tanda de Peñaparda

Hay una idea muy extendida, incluso en el entorno de las víctimas, sobre el interés económico, la envidia y la frustración pasional como motivos básicos de la represión a nivel local, sin que falte quien ponga todo ello en la cuenta de la mala calaña de las personas (al parecer, nadie ha dado como motivo el “pecado original”). Es indudable que esta motivación existe, pero no es menos cierto que los responsables militares y sus valedores han favorecido esta explicación, porque en el fondo parece exculparlos, al dejar de lado que fueron ellos mismos quienes se sirvieron de esas bajezas humanas para el objetivo que perseguían al declarar el estado guerra. Fueron los mandos quienes instrumentalizaron el terror, ofrecieron armas y alentaron a los jóvenes victimarios para que se ocuparan de los bajos “servicios de represión” (ver croniquilla del 21 julio, sobre la creación de las milicias fascistas en Ciudad Rodrigo). 

La localidad donde mejores resultados ha dado esta explicación, implícitamente exculpatoria de los responsables y los ejecutores militares sublevados, ha sido Peñaparda.  Esto fue posible porque el izquierdismo inicial de Julián Collado, socio de la Casa del Pueblo, mal avenido después con la gestora socialista local y reconciliado con su familia política, caciquil y ganada por la ventolera de las milicias fascistas, permitía asentar la falacia de que los victimarios tenían antecedentes izquierdistas (ver croniquilla del día 8 de septiembre). De la complicada operación se encargó el cap. Antonio Cejudo (Guardia Civil), que instruyó el atestado que sentaría las bases de la Causa 728/37. Gracias a esta, por otro lado, se conoce casi al detalle la represión cruenta de Peñaparda (Iglesias 2016: VII, 1.5.1.2.1). Sin embargo, esta evidencia documental de la implicación de los represores locales en las matanzas y la vigencia de los recuerdos en la memoria colectiva, las autoridades municipales peñapardinas no han dado la menor señal de reconocimiento de la docena larga de víctimas mortales. Quizá aquella sea  precisamente la causa de esa especie de negacionismo, porque el caciquismo y el nepotismo que favorecieron las actuaciones macabras no desaparecieron con la llegada de la Democracia monárquica, durante la cual han seguido gobernando el pueblo los mismos clanes, a lo que sin duda ha contribuido indirectamente la emigración de las familias más desfavorecidas, entre ellas las de los descendientes de las víctimas. 

La cronología de la represión cruenta de Peñaparda se imbrica en la de Robleda, porque en parte tuvo los mismos agentes victimarios. Pueden distinguirse dos series de asesinatos, la primera entre el día 31 de agosto y los primeros días de septiembre; la otra ya en la segunda semana de este último mes. A pesar de la evidencia apuntada, el conocimiento del desarrollo de los hechos macabros y sus circunstancias está condicionado por el ocultismo habitual en las ejecuciones extrajudiciales, en abierto contraste con algunas aparatosas detenciones y los actos de barbarie practicados casi a la vista del pueblo. La misma cronología resulta un tanto errática en los documentos o se ignora, como es el caso del asesinato de José Chanca, que por el modus operandi debió de llevarse a cabo en la segunda tandaEs llamativo el casi exterminio practicado en la familia del alcalde Vicente Torres y su hermana Juana, que incluye a la compañera de aquél, Francisca Ramos, y dos hijos de ésta, Hermenegildo y Francisco Sánchez Torres. Se inicia con la aparatosa detención de Juana y sus hijos, con escenas esperpénticas en la Plaza y la saca para el matadero. En este viaje también fueron embarcados Luis Domínguez Manso y Santiago Domínguez Pascual, padre e hijo, que, sin embargo, se dan por muertos el día 9 de septiembre, fecha harto improbable.  

Así que, con las salvedades que el caso requiere, estas víctimas constituirían la primera parte del necrologio de Peñaparda: 

 

Juana Torres González. Por numerosos testimonios concordantes de Peñaparda, se conoce el destino de la familia de esta mujer, trágico hasta nutrir una extendida leyenda (Iglesias 2008a y 2014b). Era hermana de Vicente Torres, el alcalde republicano, y, además de una hija (Nicolasa), era madre de Hermenegildo y Francisco Sánchez Torres, también asesinados, con los que, conforme se ha apuntado, iba en el camión macabro, junto con dos miembros de la familia de los “Morodes” (P 2006), Luis y Santiago Domínguez. Según el testimonio del cura Eduardo Sánchez en 1937, estas cinco personas y otras dos sin nombrar eran los “siete vecinos” del pueblo que sacaron “la primera noche” (C.728/37). En su desgracia confluyen motivaciones pasionales y crapulosas, sin excluir las ideológicas. Oriunda de Gata (Cáceres), como su marido (Ceferino Sánchez), Juana Torres poseía un establecimiento (donde hoy se ubica el bar de “El Rincón”), con salón de baile incluido, que sería requisado para cuartel de los falangistas. Su prosperidad relativa había provocado la envidia de algún vecino que también tenía bar, a lo cual se añadió la circunstancia de que, al quedarse viuda, el secretario del ayuntamiento, Emilio Rodríguez, le pedía unas relaciones sentimentales que ella se negaba a mantener. Este individuo se vengó, utilizando el poder de su hijo Félix como jefe local de la Falange.  

Los verdugos de Juana habrían practicado actos de barbarie con ella en su propia casa (V 2012), aunque esta ubicación casa mal con otras secuencias del relato. Presenta analogías con las sevicias de las vírgenes y  mártires de la leyenda dorada, de que suele considerarse víctima a “la maestra de Acebo” y que, obviamente, no hay que tomar al pie de la letra: violación, corte de orejas y de pechos, robo de alhajas (EP 1973). Ya detenida, en la plaza, Juana le suplicó de rodillas al secretario y cacique Emilio Rodríguez que, si la mataba a ella, perdonara la vida a sus hijos, sin resultado (P 2007). En el camión que llevaba a los detenidos, “tia Juana” consiguió desatar a su hijo Francisco Sánchez con los dientes, a la salida del pueblo, a la altura del Puente. Este hijo, muy provisionalmente, se salvó. En cambio, a Juana y a los demás compañeros de viaje los mataron entre los pueblos cacereños de  Santibáñez y Torre de Don Miguel (en posible alusión al término de Villasbuenas de Gata), junto a la carretera, según unos testimonios (R 2008), o, según otros, en Los Carvajales (El Payo). De acuerdo con esto, a Juana Torres la mataron el 31 de agosto amaneciente para el 1º de septiembre de 1936, como al mencionado hijo Hermenegildo. La declaración de su hija Nicolasa (27/01/37) confirma alguno de los detalles apuntados, pero la autoría de los hechos por parte de Félix Martín, quizá no haya que entenderla en el sentido literal, sino en el  de una responsabilidad jerárquica:  

[Que Juana Torres y dos de sus hijos fueron] vilmente asesinados por el Jefe local de Peñaparda Félix Rodríguez. Añade Nicolasa que su madre: (...) intercedió cerca del padre de Félix para que no hiciera daño a sus hermanos diciéndole que si en algo la estimaba culpable se lo hiciera a ella, cosa que la madre de la declarante le pedía de rodillas en la calle, y el citado Emilio [Rodríguez] por toda contestación le dio un empujón violento diciéndole al mismo tiempo: ya es tarde, ahora tenemos nosotros la sartén por el mango (C.728/37: f. 56). 

Hermenegildo Sánchez Torresde 28 años,  hijo de Ceferino y Juana, sin indicación de profesión, “soltero”. Falleció en el  “paraje de Carvajales” el día 31 de agosto de 1936, a consecuencia de “disparos de escopeta”, y fue enterrado en dicho sitio (RCPact. def. 12/08/1988). Es erróneo en el acta el dato de “soltero”, pues según la copia del auto, estaba casado con Polonia Toribio Collado (act. matr. 31/08/1931): 

(...) a las dos de la madrugada del día 31 de agosto de 1936 fue sacado por la fuerza de su domicilio en Peñaparda y en un vehículo que esperaba en la plaza fue trasladado al paraje de Carvajales y en la carretera de Cáceres fue muerto a tiros de escopeta y enterrado en una fosa común abierta en la margen izquierda de la carretera [en dirección norte], así como que todos extremos fueron públicos y notorios y fue visto muerto en la margen izquierda de la carretera C-526 y posteriormente enterrado en indicado paraje. 

Según el testimonio del citado párroco Eduardo Sánchez es uno de los “siete vecinos” que sacaron “la primera noche” (C. 728/37), con su madre Juana Torres. Su afiliación política no estaba muy marcada, según otros declarantes, aunque fue socio de la Casa del Pueblo, a su vuelta de Francia, dos años antes del Movimiento (ibídem). La informante Petra Lozano le atribuye el presentimiento de su muerte inminente, al solicitarlos servicios del barbero (“tio Silveriu”): Meregildu mandó a mi padri para afeitali y cortali el pelu: -“Es la última vez que me afeitas”. Lo sacarun aquella nochi. 

Francisco Sánchez Torres, de 24 años, hijo de Ceferino y Juana. Estaba casado con Catalina Acera Fuentes y a su muerte dejaba una hija (Julia). De una declaración de su viuda se desprende que era “tratante de ganado”. Las circunstancias de su asesinato constituyen el soporte de una leyenda muy conocida en la zona, de la que se tienen testimonios desde hace tiempo (EP 1973), hasta rumores recientes y confusos en Acebo (Ac 2008) y El Payo (EP 2011). Según alguna versión, después de la matanza de su familia, se incorporaría a las filas franquistas, donde sería ordenanza de un capitán en Valladolid, y al volver de permiso al pueblo le echaron mano (EP 1973). Pero la información oral y la procesal de Peñaparda dejan claro que fue detenido inicialmente al mismo tiempo que su madre y su hermano Hermenegildo.  

Estos últimos testimonios  identifican a medias por sus motes o sobrenombres a los falangistas que detuvieron a Francisco: “el del Bar”, “el Estanquero”, “el Julianón”, “el Tuerto”, “uno de Villasbuenas” y algún otro (P 2007). Y confirman su mala catadura moral, especificando que uno ellos se jactaba de que había matado a 19 personas con cuchillo y decía que “pa cien muertus le faltaba unu” (P 2008). Este tipo de fanfarronadas es detalle recurrente en la cuenta de la hybris asesina, también atribuido a un victimario de Acebo, castigado por su propia soberbia: (…) uno de estos asesinos alardeando en un baile de las personas que había matado se apuntó con su pistola en la sien y dijo «he asesinado a 99 y conmigo 100». Creía que el arma no se encontraba cargada, pero no fue así, muriendo al momento (Ac 2008). 

La detención se produjo en casa del párroco, donde también se escondía su hermana Nicolasa. Según unos, lo sacaron a pesar de que el sacerdote se puso delante de Francisco para que no lo detuvieran (P 2006); según otros, mientras el cura se reunía con los maestros de Peñaparda y de Villasrubias, lo llevaron con engaño y estando él convencido de que, por su condición de soldado, no le pasaría nada (P 2007). Como ya se indicó, su madre consiguió desatarle las ligaduras con los dientes, cuando los sacaban en el camión a la salida del pueblo. Francisco se escapó, y, desechando la posibilidad de huir a Portugal, para no ser considerado desertor del Ejército, prefirió refugiarse en Fuenteguinaldo, donde un vecino lo delató, siendo detenido de nuevo  (P 2007), detalles estos concordantes con los testimonios de la Causa 728/37. Entre tanto su esposa había ido a Ciudad Rodrigo para poner los hechos en conocimiento de los militares, pero, cuando volvió con ellos, ya los falangistas lo habían llevado por un atajo de la carretera, entre Aldeanueva (Fuenteguinaldo) y El Collado (Bodón), para Extremadura. Una vez allí, los falangistas, después de negociar con el jefe local de Acebo, lo mataron en San Martín de Trevejo, dos o tres días después que a su madre y a su hermano (EP 1973, P 2007), probablemente el 3 de septiembre. 

Félix Sánchez, niño entonces de 13 ó 14 años, que guardaba cabras, fue testigo presencial, oculto entre unos castaños, desde La Erina, en la propiedad familiar del sitio de La Rufinega, a menos de cien metros del lugar del crimen. Hacia media tarde  los victimarios llegaron de arriba (de El Payo, quizá después de volver de Acebo) hasta “El Empalme” de Villamiel, a unos tres kilómetros de San Martín de Trevejo, y siguieron en dirección de aquel pueblo. Se detuvieron pasado el puente de Los Arravises, en el ángulo del camino de Acebo a San Martín y la carretera (entonces camino vecinal) del mencionado Empalme a Villamiel, entre las montañas de la Mala Sombra y El Moncarbo (quizá Moncalvo). Allí lo mataron junto a una piedra gruesa, visible todavía a la izquierda de una cantera. Los ejecutores  se volvieron para bajar a San Martín, quizá a informar a Marcelino León, jefe de local de Falange, de quien se dice que “mató a muchos”, entre ellos a dos cuñados del informante. El cadáver lo dejaron tirado allí, hasta la mañana siguiente, en que lo descubrió “tio Gaspal”, que se lamentó del hecho (Ay, filhu, ¿andi vamus a paral?), y “tio Juan Paino” lo llevó atravesado en una yegua, para que lo enterraran en el pueblo (EP 2011). 

Luis Domínguez Manso (a) “Morodes”, de 65 años, hijo de José y María, sin indicación de profesión (quizá labrador), estado civil (casado o viudo), padre de Santiago Domínguez Pascual, también asesinado. Fue sacado con éste,  “tia Juana” y sus hijos en un camión, para un viaje del que no volvieron (P 2006), sin duda asesinados todos la misma noche del día 31 de agosto, y no el día 9 de septiembre, como indican las actas tardías de defunción de Luis y Santiago (06/07/81), y seguramente en el mismo lugar, que pudo ser en Los Carvajales o cerca de Villasbuenas de Gata. A su familia la conocían por el mote de “los Morodes”, bastante divulgado en la zona a través de una copla de ciego en la que se contaba un crimen pasional, cometido por un miembro de la familia, José “Morodes”, en la persona de su novia, Isabel, que era pariente de algún falangista que intervino en el destino de Luis y Santiago. Algunos informantes interpretan que estas rivalidades familiares pudieron motivar sus muertes (P 2007). Sin embargo, no puede excluirse la motivación política, a juzgar por la declaración de Daniel Sevillano en 1937, quien, además de afirmar que Luis y Santiago Domínguez, como José Chanca, fueron muertos por “los mismos del pueblo” que detuvieron a Francisco Sánchez y asesinaron a la madre de éste, Juana Torres, con otros de su familia (en referencia a Vicente Torres y su compañera), pero no la misma noche, dice de aquéllos que eran “izquierdistas” (C.728/37: f. 55vº). 

Santiago Domínguez Pascual (a) “Morodes”, de 22 años, hijo de Luis y Dionisia, sin indicación de profesión (labrador o jornalero), casado, sin indicación del nombre de su esposa y eventual descendencia. Fue detenido en la misma saca que su padre, Luis Domínguez, y debió de fallecer en las mismas circunstancias que éste, a consecuencia de “disparos de arma de fuego, sucesos guerra civil”, sin indicación del lugar donde fue enterrado (act. def. 06/07/1981, “en virtud del auto dictado por el Ilsmo. Señor Juez de 1ª Instancia de este partido”). 

La ejecución extrajudicial, en detención sangrienta, de Vicente Torres y su compañera Francisca Ramos, reviste el mismo carácter bárbaro. Tuvo lugar el día 1º de septiembre de 1936. 

Vicente Torres González, natural de Gata (Cáceres), de “unos 44 años a 46”, sin indicación de ascendencia, aunque podría tratarse de Gil Torres y Nicolasa González, que tuvieron un hijo el 14 de agosto de 1892, llamado Eusebio Torres González (RCPactnac. 15/08/1892), sin indicación de profesión (labrador), soltero. Falleció en Peñaparda el día 1º de septiembre de 1936, a consecuencia de “herida de arma de fuego”, y fue enterrado en el cementerio de local (RCP, act. def. 01/09/1936). Era el alcalde republicano (AMP, act. ses. 15/03/1936). Según testimonios, estuvo escondido, pero fue descubierto por medio de su compañera, Francisca Ramos, a quien los ejecutores siguieron cuando le llevaba de comer, en el Baldío de Peñaparda, saliendo del escondite: engañáus, cerca de la caseta de tio Goru Muleta, pegandu a la Sierra (P 2008). Del asesinato de ambos habría sido testigo involuntario y oculto Agustín García, de 16 años entonces (P 2006). Los cadáveres de ambos fueron llevados al pueblo en un carro (P 2007). La documentación procesal detalla el estado y vestimenta de ambos cadáveres, hallados en el “Rincón de la Sierra”, dejando caer sobre las víctimas la burda sospecha de que se enfrentaron a las fuerzas armadas:   

(...) se encontraba Vicente Torres ya cadáver y Francisca Ramos Rodríguez también cadáver (...); el Vicente presentaba una herida producida al parecer por arma de fuego en la parte izquierda de la cara y el cuello; y la Francisca otra también al parecer producida por arma de fuego en la boca; se supone que las muertes han sido causadas por las fuerzas al tener choque combativo (C.229/37: f. 1. Firman el juez de paz Simón García y el secretario habilitado Bernardino Mateos). 

De esta descripción se deduce que fueron muertos a bocajarro. Ya un declarante en 1937 afirmaba que estaban trabajando, y no equipados con armas: Vicente Torres y su mujer fueron también fusilados en el término de Peñaparda, estando trabajando en una finca suya” (C.728/37: f. 55vº). 

Francisca Ramos Rodríguez, de 46 años, sin indicación de ascendencia (quizá se trate de una hija de Cipriano Ramos y María Rodríguez, padres de una niña inscrita sin nombre el 26 de julio de 1881 en el Registro Civil de Peñaparda), de profesión sus labores (“de profesión su sexo”, en el acta), casada con Eusebio Collado Morales, de cuyo matrimonio no le quedaban hijos. Falleció en Peñaparda el día 1º de septiembre de 1936, a consecuencia de “heridas de arma de fuego”, y fue enterrada en el cementerio de Peñaparda (act. def. 01/09/1936). Por los testimonios, se sabe que era la compañera sentimental del alcalde Vicente Torres. A Francisca la llevaron engañada los victimarios, uno de los cuales (“Julianón”) estaba casado con una prima de aquélla. La reacción inicial de Vicente, al creerse traicionado, fue violenta: Ella iba llamandu: -Vicente, Vicente. El hombri salió: – ¿Vienis sola? –Tirotearun (…) Y a ella la matarun también. Y los trajun a los dos en un carru, la Casilda, hermana de Cisca” (P 2008). Debió de ser esta hermana de la mujer, Casilda Ramos Rodríguez, quien reconoció los cadáveres de la pareja en el “Rincón de la Sierra”, a unos 7 km. del pueblo. 

 

El tratamiento de estos “siete vecinos” de Peñaparda sacados “la primera noche” es muy representativo del modus operandi de los victimarios del sudoeste de Salamanca, con el doble objetivo de eliminar adversarios y asegurarse la impunidad: la elección de familias para el castigo (dos en este caso) y el intercambio de servicios macabros con los ejecutores de la Transierra cacereña. 

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 3
  • #1

    anonse dziwki (martes, 12 septiembre 2017 18:15)

    Caban

  • #2

    sex telefony (martes, 03 octubre 2017 16:22)

    moherować

  • #3

    sextelefon (viernes, 13 octubre 2017 20:06)

    aktynograf