Colocación de una lápida en Robleda dedicada a la memoria de dos vecinos asesinados en su detención por milicianos fascistas en septiembre de 1936

El día 6 de agosto se celebró en Robleda un acto de reconocimiento de dos víctimas mortales, que en septiembre de 1936 fueron ejecutadas en sendas detenciones sangrientas efectuadas por milicianos fascistas y con participación de carabineros en una de ellas. Los familiares, con la colaboración del ayuntamiento y algunos vecinos han costeado una modesta placa con sus nombres y una referencia genérica a la media docena larga de otros republicanos, en su mayoría forasteros y realmente desconocidos, que también fueron inhumados en el cementerio de la localidad, administrado o en propiedad eclesiástica por cesión de la corporación nombrada por los militares rebelados contra la República.

Se siguió el protocolo avanzado en una carta abierta que Ángel Iglesias Ovejero, sobrino de una de las víctimas, había enviado al alcalde, el párroco y los vecinos de Robleda, cuyo objetivo, en sustancia, era explicar que este tipo de actos son una deuda histórica que las instituciones democráticas y los ciudadanos tienen que saldar, aunque sea tardíamente. Insistía en que debe superarse la actitud inhibitoria de gran parte de la ciudadanía y sobre todo de las autoridades, con la cómoda excusa de “no abrir heridas” ni “fomentar el odio”. Para probar que este no es el caso, invitaba a participar en la ceremonia a todos los que pudieran, como se hace en los entierros. Estuvieron presentes unas cincuenta personas, entre familiares, vecinos y forasteros, algunos llegados de Francia, Salamanca y Béjar. En nombre del ayuntamiento de Robleda asistieron el alcalde, José Luis Varas, y Lucía Gutiérrez Cabezas, concejala de cultura. La parroquia estuvo representada por D. Nicolás Chaves, presbítero.

Previamente, a las 11 de la mañana, en el salón de actos del ayuntamiento hubo una reunión, a la que asistieron las mismas autoridades civiles, para explicar y debatir sobre el contexto de la represión franquista, así como sus principales manifestaciones en Robleda. A las 12 se inició el acto en el cementerio. Esther Prieto, que se ha ocupado de la secretaría de la asociación de Documentación y Estudio de El Rebollar, dio la bienvenida a los asistentes y expuso el orden del día, explicando de paso que este año no podrá celebrarse el homenaje habitual en estas fechas en el Monolito, por razones materiales que atañen a los organizadores de otros años, aunque no se excluye que lo organicen quienes puedan hacerlo.

El alcalde José Luis Varas, antes de descubrir la placa, explicó en pocas palabras el sentido consensual y democrático de la celebración, insistiendo en la necesidad de que este tipo de homenajes debe servir para evitar que hechos como los de antaño puedan volverse a repetir.

Ángel Iglesias, responsable de la organización conmemorativa, creyó necesario rememorar las circunstancias en que se produjo la represión en Robleda y, en concreto, la de los dos vecinos evocados, así como la de sus compañeros de sacrificio:

“Respetadas autoridades, queridos familiares y amigos, estamos aquí para cumplir un deber de memoria que, por Ley, incumbe tanto a quienes ostentan la autoridad como a los ciudadanos democráticos:

 

(…) Es la hora, así, de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de [la] democracia honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por unos u otros motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos momentos de nuestra historia (“Exposición de motivos”, Ley 52//2007, de 26 de diciembre, BOE núm. 310, 553410a ).

 

Os recuerdo que, a raíz de la sublevación contra la República, una veintena de robledanos fueron muertos, pero no en el frente de guerra, sino a cientos de kilómetros del mismo y desprovistos de armas, en la retaguardia franquista. Sus nombres figuran en el monolito que les fue erigido en 2007. Allí nos seguiremos reuniendo siempre que podamos

para rendirles conjuntamente el homenaje que desde entonces han merecido y muchos convecinos les siguen negando.

Solamente dos de aquello vecinos sacrificados al ansia de poder de los militares golpistas fueron ejecutados en sendas detenciones sangrientas y fueron registrados como “desconocidos” por sus propios victimarios. Nuestro primer acto de desagravio consiste en ofrecer su identidad nominal y socio-profesional, por orden cronológico de su fallecimiento:

 

Julián OVEJERO GARCÍA, de 20 años, hijo de Serafín y de Claudia, jornalero y cabrero; era hermano de Ángel y Juan OVEJERO GARCÍA, y cuñado de José MATEOS GARCÍA, también asesinados. Su identidad nominal fue ocultada por los responsables de su asesinato, que lo inscribieron en el registro civil como DESCONOCIDO, “que vestía blusa de tela color azul, camisa blanca bastante sucia, pantalón de pana, abarcas de goma y botas de caña, de cuerpo y de una estatura regular”, “falleció en el campo, el día se ignora”, “a consecuencia de disparo de arma de fuego en la cabeza”; fue enterrado en el cementerio de Robleda (RCR, act. def. 02/09/1936, por “acuerdo de este juzgado”). El acta de defunción, además de ocultar datos, miente con descaro en otros. En la falsificación intervinieron el juez municipal y jefe local de Falange, el secretario del juzgado y dos testigos. La caza al hombre de la que fue objeto en las eras el día 13 de agosto, la ejecución extrajudicial el día 2 de septiembre cuando lo perseguía una patrulla numerosa en El Colodrero y la conducción del cadáver de Julián OVEJERO, llevado en burro por su padre al cementerio, terciado entre dos sacos de paja, fueron notorias en el pueblo.

Fermín MATEOS CARBALLO, hijo de Francisco y María, labrador y dueño de una fábrica de electricidad, alcalde republicano, casado con Vicenta Hernández Mateos, de cuyo matrimonio le quedaban cuatro hijas, conforme al acta de defunción de 1948. Según el registro civil de Robleda en 1936, el cadáver hallado el día 6 de septiembre era el de un DESCONOCIDO, “como de unos 50 años de edad”, que falleció en “el campo”, el día “se ignora”, a consecuencia de “disparos de arma de fuego”, “el sitio en que fue hallado el cadáver se denomina Regato de los Alisos”, siendo enterrado en el cementerio de Robleda (RCR, act. def. 06/09/1936, por “acuerdo de este juzgado”). Era hermano de Juan y José MATEOS CARBALLO, también asesinados. Como en el caso de Julián OVEJERO, los vecinos de la localidad conocían lo que obviamente no podían ignorar los responsables del juzgado: la fuga de Fermín el día 14 de agosto, su ocultamiento en los aledaños de su propio molino, en “la puente del Granaeru”, El Batán y la sierra de Villasrubias. Fue objeto de la caza del hombre, que se terminó con una detención sangrienta, primero golpeado en la cabeza y después rematado de un tiro de fusil. Su cadáver lo llevaron al pueblo terciado en un burro y, antes de depositarlo en el cementerio, lo expusieron en el Atrio de la iglesia, entre otros actos que contaron, al parecer, con la venia del párroco.

 

Así pues, estas dos víctimas robledanas fueron perseguidas en vida y sufrieron la condena de la memoria después de su muerte (damnatio memoriae), al ser registrados sin nombre y ubicadas sus tumbas en la parte civil del cementerio, que la Iglesia destinaba a los excluidos de la comunión de los santos (los no sacramentados: niños sin bautizar, no arrepentidos, parejas de no casados, etc.). Al mismo tiempo los victimarios se emplearon en fabricarles una leyenda negra, evocada en la carta abierta publicada el pasao día 1º de agosto, que también ha afectado a las familias de las víctimas hasta el día de hoy.

Esta condena de la memoria y la leyenda negra ha castigado, más o menos, a todas las víctimas robledanas, pero solamente en el vejamen histórico de Fermín MATEOS y Julián OVEJERO, a sabiendas o no, han contribuido las autoridades y los vecinos del pueblo. Baste decir que este suelo que pisamos, donde estuvieron entre otros los restos de ambos, fue parcelado y vendido hace decenas de años, sin ninguna consideración por su imagen. Caso

insólito. En el cementerio de Robleda las víctimas de la represión comparten la tierra con algunos vecinos emparentados con los victimarios.

Por esta razón hubiéramos deseado la presencia aquí de determinadas personas. Gracias a todos vosotros. Todos juntos, en nombre de todos los demócratas, estamos aquí para recuperar, con esta sobria ceremonia, el derecho a una imagen digna que, con la vida, les quitaron sus asesinos y los mentores de éstos. Ellos al menos tendrán un nombre en el lugar donde yacen (como ahora José PRIETO, trasladados sus restos de una fosa de Villasbuenas de Gata).

Otras muchas víctimas mortales, entre ellas varias de Robleda, siguen en paradero desconocido e incluso en el anonimato de los “desconocidos” (como sucede con los forasteros enterrados en este cementerio), pero también están presentes en nuestra memoria. Y pido para ellos un minuto de silencio”.

 

A continuación el párroco, D. Nicolás Chaves, dirigió un responso por el eterno descanso de Fermín, Julián y sus compañeros, como se hace tradicionalmente en los entierros católicos.

Por último, Annie Martín, una nieta de Fermín Mateos residente en Francia, y Antonia Sánchez, sobrina nieta de Julián Ovejero, ofrecieron una corona de flores entretejida con los colores de la bandera de la República. Y en la despedida, fuera del recinto del cementerio, se oyeron los ecos del himno de Riego.

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